viernes, 9 de enero de 2026

LAS LOCAS RIVADAVIENSES DEL ROCK: PATO Y SUS AMIGAS

 


Historia historieta inspirada de la descripción de Patricia Ruiz, a partir de su propia narración describiendo momentos culturales e históricos de la ciudad de Rivadavia, Mendoza, en aquellos años de los inicios del movimiento cultural roquero, en un suelo típicamente del folclore cuyano, donde además, por lo general, la mujer no era económicamente independiente. El desafío, la valentía y el ejemplo de cuatro jóvenes roqueras aquí. A disfrutar el momento y los avanzados días culturales de hoy.



"Pato" y las cuatro reinas del rock 


Cuando Patricia Ruiz, la Querida Pato, empieza a contar sus historias, uno siente que se abre una ventana directa al corazón vibrante de un Rivadavia que no se conformaba con vivir sólo al ritmo del folclore cuyano. A mediados de los ochenta, ella y sus amigas ya no eran sólo esas chicas que desafiaban las miradas extrañas escuchando rock en un pueblo tradicional. Eran cuatro veinteañeras con su propio rumbo, dueñas de su dinero y de su tiempo, listas para devorar cada nota que la música les ofreciera.

Rivadavia, esa plaza que parecía pequeña para el mundo, se convertía en un trampolín hacia la gran Mendoza donde los estadios Pacifico, Andes Talleres y Malvinas Argentinas eran escenarios sagrados.

La imagen de estas cuatro amigas saliendo temprano del pueblo, almorzando rápido y lanzándose con toda la energía hacia los recitales, es pura gasolina para el alma roquera. Charly, Spinetta, Fito, Soda, Virus, Miguel Mateos... nombres que para muchos son leyenda, para ellas eran el pulso de su vida, la banda sonora de una juventud que no se conformaba.

Lo más sorprendente y hermoso de este relato es que no hubo censura familiar, ni desaprobación. Al contrario, sus padres compartían ese amor por el rock, creando un puente generacional donde la rebeldía era entendida y celebrada, no reprimida. Esto transforma la historia en algo aún más potente: un microcosmos donde la música unía, donde las pasiones no tenían que pelear contra la tradición sino convivir con ella.

Patricia y sus amigas no sólo vivieron la música; la hicieron su bandera, su identidad.
 
Fueron cuatro jóvenes que, desde el interior profundo de un pueblo viñatero, demostraron que el rock podía ser más que un género musical: era una forma de libertad, un grito de autenticidad que resonaba fuerte en cada rincón.

Así, la Querida Pato nos invita a mirar más allá del folclore esperado y a descubrir esa otra cara del interior mendocino, donde la chispa del rock encendió una llama que todavía sigue viva.


La travesía nocturna: Cuando volver a Rivadavia era una aventura en sí misma


Viajar desde Rivadavia hacia la capital mendocina en aquellos tiempos no era sólo un traslado, era toda una experiencia con sus propios encantos y desafíos.

Los ómnibus, grandes pero poco cuidados, con asientos que parecían haber vivido mil historias, avanzaban lentos por rutas que parecían eternas.

Dos horas para unir el interior profundo con el bullicio de la ciudad, y entre un colectivo y otro, largas esperas que ponían a prueba la paciencia.

Pero la verdadera odisea comenzaba al regreso, cuando la noche ya era dueña de todo y la primera salida del micro era a las cuatro de la madrugada.

Imagina ese viaje: ventanillas rotas por donde entraba un viento helado, el ruido metálico de chapas sueltas, y esos pasajeros que caminaban en zigzag, con caras duras, amargadas o enojadas. Para cuatro veinteañeras roqueras, ese trayecto era un desafío que exigía valor y cierta dosis de coraje.


La Querida Pato lo recuerda con una mezcla de nostalgia y picardía: “Volver en el último micro, a las cuatro de la mañana, era algo muy atrevido. En ese viaje no cabía un alfiler y nos encontrábamos con los chicos que venían de los bailes de Rodeo del Medio.

Era heavy, pero nunca nos achicamos, íbamos sentadas sin mirar para ningún lado".


Ese silencio firme, esa actitud de no dejarse intimidar, era el sello de esas chicas que se creían “reinas de pueblo grande” en medio de un entorno que las veía como locas, como minas raras.

Al llegar a la terminal, aún quedaban quince cuadras por caminar hasta la casa que las albergaba, el refugio donde las historias y emociones se desgranaban en largas charlas nocturnas, donde aprendían a ser libres, a construir su identidad lejos de los moldes impuestos.


Patricia, mirando hacia atrás, confiesa con sinceridad: “A principios de los noventa abandoné todo ese entorno, ahora me doy cuenta y digo: ‘¡Qué boluda…’.

"Pero ya pasó, la vida me dio la oportunidad de ver casi todo lo que quise, aunque nunca, con esa adrenalina de salir de Pacifico o Talleres a tomar el colectivo hasta la terminal y de ahí el viaje de dos horas a Rivadavia. Créanme que eso no lo viví nunca más.”

Esos viajes, con sus incomodidades y riesgos, eran parte del ritual que fortalecía la identidad de estas cuatro jóvenes.

No sólo iban a escuchar rock, iban a desafiar límites, a hacer su propia historia en un pueblo donde la música tradicional marcaba la pauta. Y esa mezcla de coraje y pasión es lo que las hizo inolvidables.

Rivadavia, la cuna del rock que Patricia siempre soñó


Hoy, cuando Patricia camina por las calles de Rivadavia, siente la alegría profunda de pertenecer a una ciudad que respira rock.

Aquella villa viñatera que alguna vez fue escenario de miradas extrañas y prejuicios ahora brilla como  el centro roquero de Mendoza.

Los festivales "Rivadavia Rock" están en las agendas nacionales, convocando a miles que vienen de todas partes a vibrar con las numerosas bandas que emergen de este suelo.

Patricia no puede evitar sonreír cuando recuerda sus días de veinteañera, cuando era una roquera asidua en su pueblo.

Allí estuvo, emocionada entre el público, viendo a la primera banda roquera con canciones propias que surgió en su tierra: "Avecristo".

A principios de los ochenta, esos chicos de apenas dieciséis años hicieron historia al llenar casi por completo el emblemático Cine Ducal, con capacidad para mil personas, reuniendo ochocientas almas vibrando con sus melodías sencillas y sinceras que, aún hoy, se siguen recordando con cariño.

Y para que su corazón se llene aún más, Patricia evoca a su amiga Hebe, pionera femenina en el rock local, cantante y parte fundamental de aquellos inicios junto a "Avecristo".

Algunos de esos músicos ahora son sus vecinos, testigos vivos de una tradición que creció, se consolidó y se convirtió en parte esencial de la identidad del pueblo.

La sociedad maduró, aprendió a valorar esa cultura roquera que Patricia y sus amigas disfrutaron con tanta pasión y amor en sus tiempos jóvenes.

Hoy, ese legado late fuerte en Rivadavia, en sus calles, en sus plazas y en cada acorde que resuena en los festivales.

Así, la historia de Patricia, la Querida Pato, y sus amigas se transforma en un canto de esperanza y orgullo.

Porque a veces, ser diferente, ser “las locas del rock” en un pueblo conservador, es el primer paso para cambiar el ritmo de toda una comunidad.

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Abrazo roquero del Este mendocino
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