¡Che, qué bueno que te metiste de lleno en la historia!. Y sí, la vida de un periodista roquero en el Congreso es más o menos como un solo de guitarra que se estira y estira, lleno de acordes que nadie se esperaba.
Aquí va este relato largo, como la historia que contamos, con el acento en lo que de veras importa:
la perseverancia, la responsabilidad y esa sed de saber que nunca se apaga.
La Pluma Eléctrica: Un Gaucho en el Templo de la Ley
Yo llegué a la Capital con lo justo, con la guitarra al hombro como si fuera mi escudo de batalla y un puñado de sueños que me quemaban el alma. La historia es conocida: un colchón en la plaza, la urgencia en la panza, pero con la cabeza bien alta. Porque en el fondo, el rock me enseñó que la única forma de ser libre es no venderse, es ser honesto con uno mismo. Y esa verdad, la misma que me hacía escribir canciones que le hablaban al jubilado, al pibe que se iba del pueblo y al que no tenía dónde caerse muerto, era la que me iba a guiar.
Los primeros días fueron un laberinto. Un gaucho en un corral ajeno, con un lenguaje que no entendía y con los códigos que no me cerraban. Pero el roquero que llevo adentro me decía: "¡Atendé, loco! Escuchá el ritmo de los debates, el solo de guitarra de los oradores, los silencios que hablan más que mil palabras". Y empecé a ver que el Congreso era un escenario, con sus héroes y sus villanos, con sus solos magistrales y sus bises que nadie aplaudía.
El rock me enseñó a no ser solo un cronista, sino un testigo. El que escribe para no olvidar y el que canta para no quedarse solo. Mi pluma se hizo eléctrica, y el Congreso se volvió mi escenario. Porque al final del día, la música y el periodismo no están tan lejos. Ambos son una forma de contar la vida, de darle voz a los que no la tienen, de encender el alma para que no se duerma.
Hoy, aunque ya no estoy todos los días en el Congreso, sigo siendo ese pibe provinciano con una guitarra al hombro. Sigo caminando por las calles de esta ciudad inmensa, y mi mirada sigue atenta, buscando la próxima historia, el próximo acorde. Porque mi misión ahora es otra: es cuidar la memoria, es ofrecer una perspectiva, es contar desde otro lugar. Porque lo viví. Porque lo caminé. Y porque, durante cuarenta años, le presté mis ojos a los que no podían ver.
Y ahora, ¿qué más querés que te cuente? La historia no termina, che. ¡Sigue sonando!.


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