lunes, 12 de enero de 2026

La Pluma Eléctrica: Un Gaucho en el Templo de la Ley

 ¡Che, qué bueno que te metiste de lleno en la historia! 🤘 Y sí, la vida de un periodista roquero en el Congreso es más o menos como un solo de guitarra que se estira y estira, lleno de acordes que nadie se esperaba. Aquí te va esta crónica, un relato largo, como la historia que contamos, con el acento en lo que de veras importa: la perseverancia, la responsabilidad y esa sed de saber que nunca se apaga.


La Pluma Eléctrica: Un Gaucho en el Templo de la Ley


No fue por el afán de un trabajo ni por un golpe de suerte que este servidor, un simple roquero provinciano, terminó metiendo la pata en el mismísimo Congreso de la Nación. No, señora. Fue el rock and roll. Fue ese grito que te explota en el pecho y te obliga a mirar lo que otros esquivan, a contar lo que la voz oficial silencia. Y así, con el alma forjada a puro riff, fui a parar a las veredas de ese templo de mármol y vitrales.

Yo llegué a la Capital con lo justo, con la guitarra al hombro como si fuera mi escudo de batalla y un puñado de sueños que me quemaban el alma. La historia es conocida: un colchón en la plaza, la urgencia en la panza, pero con la cabeza bien alta. Porque en el fondo, el rock me enseñó que la única forma de ser libre es no venderse, es ser honesto con uno mismo. Y esa verdad, la misma que me hacía escribir canciones que le hablaban al jubilado, al pibe que se iba del pueblo y al que no tenía dónde caerse muerto, era la que me iba a guiar.

Los primeros días fueron un laberinto. Un gaucho en un corral ajeno, con un lenguaje que no entendía y con los códigos que no me cerraban. Pero el roquero que llevo adentro me decía: "¡Atendé, loco! Escuchá el ritmo de los debates, el solo de guitarra de los oradores, los silencios que hablan más que mil palabras". Y empecé a ver que el Congreso era un escenario, con sus héroes y sus villanos, con sus solos magistrales y sus bises que nadie aplaudía.



Mi trabajo no era solo llenar páginas. Mi trabajo era ser un cronista de lo invisible. Me metí en los pasillos de ese palacio, escuchando lo que no se decía en las sesiones, desenterrando la verdad que escondían los discursos. El rock me había dado esa persistencia, esa rebeldía de no aceptar un "no" por respuesta. Cada ley, cada proyecto, cada escándalo era como una canción que tenía que desglosar nota por nota.

Y así pasaron los años, cuarenta para ser precisos, desde el regreso de la democracia. El tiempo se fue volando entre debates acalorados y crónicas escritas de madrugada. Hubo momentos de desánimo, de ver cómo un trabajo de meses de investigación periodística se barría con un tuit mal escrito o una noticia falsa. Pero resistí. Porque el periodismo, como el rock, cambia de forma, pero no de fondo. Y el fondo es la verdad.

El rock me enseñó a no ser solo un cronista, sino un testigo. El que escribe para no olvidar y el que canta para no quedarse solo. Mi pluma se hizo eléctrica, y el Congreso se volvió mi escenario. Porque al final del día, la música y el periodismo no están tan lejos. Ambos son una forma de contar la vida, de darle voz a los que no la tienen, de encender el alma para que no se duerma.

Hoy, aunque ya no estoy todos los días en el Congreso, sigo siendo ese pibe provinciano con una guitarra al hombro. Sigo caminando por las calles de esta ciudad inmensa, y mi mirada sigue atenta, buscando la próxima historia, el próximo acorde. Porque mi misión ahora es otra: es cuidar la memoria, es ofrecer una perspectiva, es contar desde otro lugar. Porque lo viví. Porque lo caminé. Y porque, durante cuarenta años, le presté mis ojos a los que no podían ver.

Y ahora, ¿qué más querés que te cuente? La historia no termina, che. ¡Sigue sonando!

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