CUANDO AYER ERA: "NO HABIA NADA" Y EN EL PRESENTE ES: "TENEMOS TODO"
Osvaldo Giménez es un roquero del Este mendocino —Rivadavia, Mendoza—, reconocido institucionalmente por la Legislatura de Mendoza en el año dos mil veintidós por su aporte cultural en su ciudad natal al integrar la primera banda roquera de canciones propias: Avecristo.
Actualmente radicado en Austin, capital de Texas, Estados Unidos.
Austin es reconocida internacionalmente como la “Capital Mundial de la Música en Vivo”.
Con más de 250 locales de música en vivo, la ciudad alberga festivales icónicos. Aquí está, con su guitarra y junto a una agrupación, brindando su estilo musical y llevando a su Rivadavia de origen a escenarios internacionales.
Hay imágenes que explican una vida entera. En el caso de Osvaldo Giménez, la escena inicial no ocurre bajo luces de escenario ni frente a miles de personas, sino en el desgaste silencioso de unas zapatillas Topper caminando las calles de Rivadavia. Polvo, calor, rutina. Un territorio donde el rock no era industria ni posibilidad concreta, sino impulso.
Años después, esa misma energía se desplaza miles de kilómetros y reaparece en otro paisaje: Austin, Texas. Una ciudad donde —como él mismo dice— “levantás una piedra y hay una banda tocando”. El contraste no es solo geográfico. Es existencial.
Porque si algo se mantiene intacto en el relato de Giménez es esa presencia constante del pasado.
Rivadavia aparece como una referencia inevitable. Un lugar al que define con crudeza —“pueblo infame”— pero también con una lucidez que evita la nostalgia fácil. No hay romanticismo en la precariedad, pero sí reconocimiento.
En ese contexto limitado, sin infraestructura ni oportunidades visibles, se forjó una relación distinta con la música.
No como camino al éxito, sino como necesidad de expresión. “No es un sueño de fama —dice—, es el sueño de tocar”.
Ahí se encuentra uno de los núcleos más potentes de su experiencia: cuando desaparecen los incentivos externos, lo que queda es la motivación pura.
La música como descarga, como lenguaje, como forma de ordenar lo que no tiene nombre: traumas, alegrías, contradicciones.
Ese mismo impulso es el que viaja con él a Estados Unidos.
En Austin, lejos de diluirse en una escena saturada, Giménez reconoce patrones familiares. Las bandas que se apoyan, los músicos que se acompañan, los vínculos que se generan alrededor del arte. Lo que en Mendoza era necesidad, en Texas se replica como dinámica cultural.
“Se crean pequeñas comunidades”, explica. Y no es una frase menor.
Músicos que comparten escenario, que se prestan equipos, que asisten a los shows de otros.
Una red que, lejos de lo simbólico, cumple una función concreta: sostener el proceso.
En ese entramado, la banda con la que hoy toca incorpora además una filosofía rastafari que refuerza valores como el respeto, el afecto y la cooperación. Lejos de ser un detalle estético, se convierte en una forma de organización interna. Una ética que ordena lo cotidiano.
Pero no todo es ideal.
La sobreoferta abarata el trabajo. “Te pagan poco —reconoce— a menos que demuestres que llevás mucha gente”.
Ahí aparece el “trabajo de hormiga”.
Ensayar, tocar, sostener la presencia. Sin garantías. Sin grandes ingresos. Pero con una lógica clara: persistir.
No como saltos milagrosos, sino como consecuencia de estar ahí.
“Trato de no perder el hilo”, dice. Y esa frase resume una actitud.
No hay triunfalismo en su relato. Tampoco frustración. Lo que aparece es algo más complejo: una forma de equilibrio.
Giménez no mide su recorrido en términos de reconocimiento externo.
De hecho, asume con naturalidad que en su propio pueblo probablemente nadie sepa lo que está viviendo. Y, lejos de incomodarlo, lo libera.
“Y tampoco tienen que hacerlo”, afirma.
Esa distancia con la validación externa marca una diferencia.
El eje no está puesto en demostrar, sino en sostener. En seguir tocando. En valorar el camino recorrido y las personas con las que lo compartió.
“Estoy agradecido de mi vida, de mi juventud, de las bandas con las que toqué”, dice.
Ahí, en esa mirada retrospectiva sin épica exagerada, aparece otra clave: la experiencia no se construye solo en los grandes escenarios, sino en la acumulación de momentos, vínculos y aprendizajes.
Desde las calles de Rivadavia hasta los bares de Austin, pasando por posibles escenarios en Las Vegas, la historia de Osvaldo Giménez no responde al modelo clásico del éxito inmediato.
Es, más bien, un recorrido sostenido por la persistencia, la comunidad y una relación honesta con la música.
Una historia donde el rock no es un destino, sino una forma de estar en el mundo.
……………….
LA BANDA "RAS MUNDI" (Reggae/Hip-Hop/Fusion)
No responde a un formato clásico ni a una etiqueta cerrada. Es, más bien, una experiencia colectiva en movimiento.
Hay una impronta ligada al respeto, a la escucha, a cierta idea de comunidad que se sostiene tanto arriba como abajo del escenario.
Donde podría haber rigidez, hay apertura. Donde podría haber ego, hay circulación.
En tiempos donde muchas bandas buscan diferenciarse desde la estética o el discurso, Ras Mundi encuentra su singularidad en la forma de hacer. En cómo se arma, cómo suena y cómo se sostiene.
…………………..
ABRAZO ROQUERO DEL ESTE MENDOCINO
.................................
.jpg)
.jpg)
.jpg)
.png)




.png)


No hay comentarios:
Publicar un comentario