domingo, 1 de marzo de 2026

OSTENTUM: HISTORIA ROQUERA DEL ALTO VALLE RECORDADA POR EL BATERISTA NESTOR TORT, ORIUNDO DE ALLEN, RIO NEGRO

 

(Transcripción de podcast generado con inteligencia artificial)

-Ver videoposcat al final de la página-


Bueno. Bienvenidos a este análisis a fondo, eh.

Siempre es un privilegio.

Totalmente. 

Sobre todo pues cuando nos enfrentamos a un material que rompe por completa nuestros esquemas preconcebidos.

Para quienes nos siguen y buscan esa chispa de conocimiento sin sentir que están leyendo un manual técnico, eh hoy traemos una historia que sinceramente es una joya oculta en los archivos.

Una auténtica rareza, sí.

Exacto. Vamos a hacer un viaje en el tiempo y en el espacio.


Nos trasladamos a principios de los años 80, en concreto. Ese particular ecosistema patagónico, ¿verdad?.

Eso es, situado entre las provincias de Río Negro y Neuquén, en Argentina. Nuestra misión en esta exploración es sumergirnos en la historia de una banda llamada Ostentum. Pero que nadie se equivoque pensando que esto es una simple biografía musical o un ejercicio de nostalgia.

Vamos a utilizar este grupo como un caso de estudio extremadamente fascinante para intentar comprender algo mucho más profundo.

Claro.

Cómo la disciplina más rigurosa, el análisis crítico constante y, sobre todo, una camaradería inquebrantable pueden tomar un talento en bruto y transformarlo en una expresión artística de un nivel superior.

Pues resulta un punto de partida excelente porque es un caso de estudio que verdaderamente trasciende la propia música. Sí.

Funciona como una ventana abierta a la psicología del aprendizaje, a la búsqueda de la excelencia y a cómo los seres humanos reaccionamos ante la incomodidad; o sea, la incomodidad de salir de nuestra zona de confort para alcanzar una meta mayor.

Y para que nuestra audiencia vaya entrando en materia, sólo adelantaré que vamos a hablar de ensayos musicales que tenían que interrumpirse por culpa del ruido ensordecedor de aviones a reacción despegando a escasos metros.

Madre mía, qué locura. Ya te digo.



Hablaremos también de visitas completamente accidentales a cementerios justo antes de salir a dar un concierto y de apariciones sorpresa en la televisión que provocaban gritos de emoción en los lugares más insospechados.

Vale, vamos a desgranar esto.

Empecemos por establecer las bases. Porque el origen de esta formación tiene un encanto muy particular y define todo lo que vino después.

Lo fascinante aquí es que esta no es sólo la historia anecdótica de una banda local abriéndose camino en un entorno alejado de las grandes capitales. Ya. Eso de metamorfosis comienza con un encuentro fortuito que parece sacado de un guión cinematográfico.

Totalmente.

Nos situamos a finales del año 1981. El escenario es el salón del Círculo Italiano de la ciudad de Cipoletti. Cuesta poco visualizar el ambiente, una noche de baile animada por un grupo local muy querido en la zona llamado Stylo. Hm, sí.

La energía en la sala debía de ser vibrante y en medio de ese ambiente festivo se produce lo que allí en el argot musical llaman una zapada. Que no es otra cosa que una sesión de improvisaciones sobre el escenario, claro.

Exacto, de pronto la alineación habitual cambia por completo Walter Echelini, quien era el guitarrista de Stylo, decide colgarse el bajo. Le cede su guitarra a un músico recién llegado de la provincia de Mendoza, llamado Carlos Calderón y en la batería se sienta Néstor Tort.

Detenerse en ese momento exacto es crucial por el contraste brutal de estilos que colisionaron sobre aquellas tablas.

Por un lado teníamos a este recién llegado Carlos Calderón. Sí. que demostró casi de inmediato tener una visión musical claramente vanguardista.

Empezó a usar la guitarra explorando tonalidades extrañas, buscando acordes y estructuras que resultaban tremendamente complejas. Y muy poco comunes para los músicos y el público de esa zona en aquella época concreta. Exacto.


Traía bajo el brazo ideas frescas matemáticamente desafiantes que rompían con el rock tradicional. Y en la otra esquina del cuadrilátero, por así decirlo, estaba Néstor Tort, en la batería, representando una filosofía completamente opuesta. Su estilo era puramente instintivo.

Claro, puro instinto.

Él mismo reconocía en los registros que tocaba dejándose llevar por la adrenalina, fuertemente influenciado por el estilo de Pomo, que para quienes conocen a fondo la historia del rock argentino, es el legendario batería que acompañaba Luis Alberto Spinetta. Un gigante. Tort era pura energía visceral, un músico que tocaba desde las vísceras y no desde la partitura. Sin embargo, fíjate en esto.

La verdadera magia no ocurre durante esa lluvia de notas inconexas, sino justo cuando termina la improvisación.

Es verdad.

Es entonces cuando se produce el verdadero catalizador de toda esta historia. Carlos Calderón se acerca a Néstor Tort, un baterista al que apenas conocía de nada y le suelta un elogio sumamente específico.

¿Qué le dice exactamente?.

Le dice textualmente: "Me gusta mucho cómo tocas. Tenés gusto y eso es muy importante".

Es curioso como una sola frase dicha en el momento oportuno puede desarmar años de inercia, ¿verdad?. Ya te digo. Alguien de afuera valida algo que quizá tú mismo no te terminas de creerte o que tu entorno habitual no sabe apreciar con esas palabras. El impacto de ese comentario fue monumental y merece la pena analizar el poder de esa validación externa. Para Tort, aquello no fue un alago vacío sobre su fuerza o su volumen, fue el reconocimiento a su gusto, a su criterio musical.

Claro, a su esencia. Eso plantó una semilla de confianza inquebrantable en su interior. La prueba de su eficacia es que esa semilla germinó a una velocidad de vértigo. Apenas un par de meses después, en enero de 1982, Calderón buscó formalmente a Tort para invitarle a unirse a Ostentum. Ocupando el lugar que había dejado vacante el baterísta anterior, Horacio Soto. Eso es, esa simple interacción cambió por completo la trayectoria vital y artística de Tort.

Aceptar esa invitación, no obstante, fue sólo el billete de entrada a una verdadera montaña rusa, porque aquí las fuentes nos introducen en lo que podríamos denominar la arquitectura del rock elaborado y la consiguiente agonía del aprendizaje que supuso para este baterísta. Agonía es la palabra, sí. Hay que entender el tremendo cambio de paradigma al que se enfrentó. Antes de entrar en Ostentum, Néstor Tort era el rey absoluto de su zona de confort. Tocaba dejándose llevar y su entorno lo adulaba sin cesar.

Sus amigos le llamaban una aplanadora por la fuerza bruta y arrolladora que imprimía los parches. El problema surge cuando esa fuerza bruta choca con la visión de Carlos Calderón.

Calderón venía con la firme intención de instaurar lo que definían como jazz rock. Ojo a él. Y para comprender la magnitud del reto, hay que aclarar que el jazz rock no consiste simplemente en tocar fuerte y con actitud, implica dominar ritmos irregulares, síncopas y contratiempos matemáticos. Casi nada.

Para un baterista acostumbrado a golpear en un compás básico dejándose llevar por la intuición, esto es el equivalente a pedirle a un corredor de maratones que, de la noche a la mañana, ejecute una rutina de gimnasia rítmica. Requería una disciplina estricta y una metodología casi científica. Una metodología que según detallan los archivos era verdaderamente implacable para la época. No se trataba de juntarse en un garaje, hacer ruido y tomar un par de cervezas.

Calderón impuso la dinámica de grabar absolutamente cada sesión de ensayo.

Todo quedaba registrado. Grabador de cinta de la marca Crown. Y aquí asoma un detalle entrañable que humaniza mucho la historia. 

La encargada de operar esa maquinaria de grabación y de tomar fotografías del proceso era Gladys, la esposa de Néstor Tort.

¡Qué maravilla!.

Ella ejercía de documentalista, pero el verdadero suplicio venía después de tocar, cuando se sentaban a escuchar esa cinta y sometían a todo el ensayo a una crítica feroz.

Se diseccionaba cada tema con bisturí. Milimétricamente. Se corregía la intensidad de cada golpe de caja, la resonancia de cada platillo, la limpieza de cada arreglo.

Ese nivel de escrutinio nos lleva directamente a la crisis inevitable que precede a cualquier crecimiento genuino.

El contraste fue tan severo que Tort llegó a confesar una profunda inseguridad.

Ese mismo baterista al que sus amigos llamaban la aplanadora, de repente se encontraba paralizado.



Tenía miedo a pegarle a los parches, a equivocarse, a arruinar la extrema prolijidad técnica que exigía la partitura mental de Calderón.

Pero al escuchar todo este proceso de desmontaje, surge una duda razonable.

¿No corre el riesgo una banda de rock de perder su esencia?. Esa rebeldía inherente al género, si se ponen a diseccionar las canciones en un laboratorio sonoro de esta manera, parecería que están matando la espontaneidad.

Si conectamos esto con el panorama general, lo que observamos no es la destrucción de la espontaneidad, sino una metáfora perfecta de la curva de aprendizaje en cualquier disciplina de alto rendimiento, ya sea en la música, en el deporte de élite o en la cirugía.

Claro, el famoso muro.

Hay un umbral donde la intuición inicial ya no basta para seguir avanzando. El precio que hay que pagar por la excelencia técnica es invariablemente una profunda incomodidad.

Tort se vio obligado a desaprender sus vicios para volver a aprender su instrumento desde cero. Menudo trabajo mental. Tuvo que pasar de tocar de forma automática a analizar de forma consciente qué estaba expresando con cada extremidad. Es un proceso doloroso y frustrante, pero constituye el único puente transitable hacia la maestría real.

Resulta paradójico pensar que mientras sufrían esta intensa metamorfosis interna en la reclusión de sus ensayos, sus salidas al mundo exterior para tocar en directo parecían regidas por la ley de Murphy.

Totalmente.

Buscaban una perfección milimétrica en la música, pero la logística a su alrededor era un caos maravilloso. Las crónicas de sus actuaciones en vivo merecen un capítulo aparte, porque transitan desde lo insólito hasta lo puramente cómico.


Esa logística extrema proporciona un contraste maravilloso. Nos muestra que la búsqueda de la vanguardia artística no les eximía de lidiar con las realidades más mundanas y caóticas de ser una una banda independiente en la Patagonia de principios de los 80.

Tomemos como ejemplo su primer recital oficial en la ciudad de Plottier. Los nervios lógicos de un debut flotaban en el ambiente.

La banda se está preparando y deciden salir a dar una vuelta antes de tocar.

El destino con un sentido del humor bastante oscuro quiso que terminaran caminando accidentalmente por el interior de un cementerio justo antes de tener que subir al escenario. Menudo presagio. No parece el entorno más motivador para un primer concierto de jazz rock.

Aunque según los registros de la época, la ejecución técnica de esa noche fue sumamente prolija. Eso sí, el propio Tort confesaría tiempo después que durante toda esa actuación su cabeza seguía anclada en su otra banda.

En Stylo, aún no había asimilado del todo su nuevo rol.

Si el episodio del cementerio resulta pintoresco, las condiciones acústicas de sus lugares de ensayo rozaban directamente lo surrealista.

Las fuentes documentan una temporada en la que, por problemas de desplazamiento de uno de los guitarristas, Luis Alberto Contreras, la banda se vio obligada a dar su base de operaciones al Aeroclub de Neuquén.

 Madre mía.

Terminaron ensayando en una casa que estaba situada de forma paralela a la pista de aterrizaje principal.

Cuesta imaginar la escena sin esbozar una sonrisa. Están ahí intentando perfeccionar esos acordes complejos, puliendo un contratiempo matemático minucioso y de repente un avión a reacción inicia su maniobra de despegue a escasos metros de la ventana.

Inaudito.

El ruido ensordecedor de las turbinas hacía temblar literalmente los cimientos de la casa y devoraba por completo el sonido de los amplificadores y de la propia batería.

Era una batalla quijotesca y totalmente perdida contra la acústica aeronáutica.

Y lejos de encontrar alivio al salir a tocar al aire libre, los obstáculos se multiplicaban. 

Existe el registro de una actuación en el balneario de Neuquén sobre lo que describen como un escenario flotante.


El problema fundamental era que aquel espacio acuático era tan sumamente diminuto que los músicos apenas lograban mantener de pie junto a sus equipos. Y para colmo pierden material.

 Exacto.

Por si la falta de espacio fuera poco, durante el farragoso traslado de los instrumentos hasta esa plataforma flotante, perdieron material muy valioso para su sonido, un pedal de distorsión y un efecto Guagua.

Para quienes no estén familiarizados con el término, el Guagua es ese pedal clásico que altera el tono de la guitarra eléctrica, haciendo que parezca que el instrumento está hablando o llorando. Perderlo justo antes de tocar merma enormemente las capacidades expresivas de un guitarrista.

Muchos grupos habrían sucumbido a la frustración cancelando el evento o tocando de un humor pésimo.

Sin embargo, de estas adversidades es de donde afloran las verdaderas calidades humanas de la banda.

A pesar de las estrecheces del escenario flotante y de la dolorosa pérdida del equipo, la actitud de Ostentum se mantuvo impecable. Resolvieron muy bien.

Resolvieron la actuación y terminaron la jornada de la mejor manera posible compartiendo un asado tradicional con los organizadores celebrando el simple y puro hecho de haber podido ejecutar su música.

Aquí es donde se pone realmente interesante, porque hay una anécdota concreta de un concierto en la localidad de General Roca que ilustra a la perfección el nivel al que habían llegado. Esa es muy buena. Para este evento en particular, la logística subió un peldaño.

Decidieron alquilar un inmenso autobús, lo que allí llaman un colectivo, concretamente un Mercedes Benz modelo 1114.

Un clásico. Para poder viajar todos juntos como una verdadera tropa.

En aquella ocasión hubo un ajuste temporal en la formación y Walter Echelini reemplazó a Luis Montenegro en el bajo. Pero lo que verdaderamente resalta en los apuntes de aquella jornada lluviosa fue un momento de pura improvisación escénica.

En medio del recital Néstor Tort decidió abandonar su compleja batería, agarró un humilde bongó y se puso a tocar en conjunción con la guitarra de Luis Cide.

El resultado sonoro fue descrito en su momento como una atmósfera con una onda media hindú específico, es revelador. 

Demuestra empíricamente que, a pesar de toda la rigidez estructural y la disciplina matemática que imponía Calderón en la sala de ensayos, no habían asfixiado su capacidad de fluir.

Todo lo contrario, esa base técnica tan sólida y asimilada les otorgaba, paradójicamente, una libertad inmensa para experimentar con texturas orientales en mitad de una jornada lluviosa en la Patagonia.

Esa misma calidad técnica, esa pulcritud que habían forjado a base de ensayos interrumpidos por aviones fue la que les terminó abriendo las puertas de un medio que en aquella época analógica representaba el Olimpo mediático: la televisión.

Palabras mayores.

Esto nos conduce a uno de los capítulos más singulares de las fuentes analizadas. Ostentum logró acceder a los estudios del Canal 7 de Neuquén.

Y conviene aclarar que no acudieron para ofrecer una simple entrevista promocional de cinco minutos.

Entraron al estudio con sus instrumentos para grabar dos temas que funcionaban como el estandarte absoluto de su estilo de rock elaborado.

Las piezas elegidas fueron Imaginando el camino y Los pasos de Danilo y Raúl.

Ahora bien, el uso que el canal de televisión le dio a ese material grabado es digno de mención.

Resulta que estas actuaciones no se llamaron para ser emitidas en un espacio musical con un horario fijo y anunciado.

El Canal 7, por cuestiones logísticas de la época, utilizaba estos vídeos como puro material de relleno.

Eso es interesantísimo.

Quienes tengan suficiente memoria sobre cómo funcionaba la televisión analógica, recordarán que a menudo había que esperar pacientemente para poder conectar con el enlace satelital que enviaba la señal principal desde Buenos Aires.

Durante esos tiempos muertos, en esos baches imprevistos de la programación, los técnicos de la televisión recurrían a las cintas de Ostentum para evitar dejar la pantalla en negro.

Esa particularidad generaba una dinámica muy cómica, ya que al carecer de un horario predecible, las apariciones de la banda en la pequeña pantalla constituían siempre un evento sorpresa e incontrolable.

Los apuntes recogen una estampa costumbrista fantástica al respecto.

La madre de Néstor Tort trabajaba en la imprenta familiar.

Cada vez que por puro azar satelital la banda irrumpía en la pantalla del televisor cubriendo uno de esos baches de programación, la mujer pegaba un grito tremendo desde las máquinas de la imprenta alertando a su hijo.

Me la imagino perfectamente.

Néstor, al escuchar el aviso tenía que salir corriendo a toda velocidad hacia el monitor para poder verse a sí mismo tocando, intentando llegar antes de que los técnicos restablecieran la conexión con la capital y cortaran la emisión local. Es una viñeta familiar sumamente cálida.

No obstante, detrás de esta peculiar incursión televisiva se esconde una decisión técnica que arroja mucha luz sobre la mentalidad de Carlos Calderón.

Una vez finalizada la grabación en las instalaciones del Canal 7, Calderón se mostró inflexible a la hora de exigir que la cadena le entregara una copia de la actuación en un formato muy específico, una cinta Betamax. Una exigencia que, según parece, dejó a Tort bastante desconcertado en aquel momento.

Comprensiblemente desconcertado, de hecho.

Tort cuestionó abiertamente la utilidad de aquella petición porque en aquel contexto temporal e industrial la cinta Betamax que reclamaba Calderón no era el típico casete de vídeo casero que se popularizaría años más tarde.

Era un formato de cinta magnética pesada, diseñado casi en exclusiva para uso profesional dentro de los estudios de televisión. No existían aparatos reproductores en los hogares corrientes capaces de leer aquel soporte.

La lógica de Tort era irrebatible a corto plazo.

¿Para qué invertir esfuerzo en conseguir una voluminosa cinta que no podemos reproducir en el salón de ninguna casa?.

Exacto.

Pero esa misma duda suya dibuja la mentalidad profundamente visionaria de Calderón. Él comprendía algo fundamental: la necesidad crítica de preservar el archivo visual de su obra.

Era plenamente consciente de que si no rescataban ese máster profesional de las manos del Canal, su actuación acabaría languideciendo en un sótano. O peor aún, la costosa cinta magnética sería borrada y reutilizada para grabar el telediario de la semana siguiente.

Exigir ese formato demuestra la actitud de un líder que no se conformaba con el eco momentáneo de la emisión, sino que estaba con preservar la propia obra con ese nivel de celo cuando el resto del mundo no le otorga importancia, requiere una madurez poco común y esa misma visión a largo plazo que Calderón aplicaba a las cintas de vídeo la extendía a la forma en que gestionaba las relaciones humanas y artísticas dentro del circuito local.

Abordemos ahora lo que las fuentes describen poéticamente como una sinfonía de hermandad.

Este punto resulta vital para desmontar un mito que contamina a menudo la historiografía musical. Existe una tendencia a asumir que entre las bandas locales de una misma región impera siempre una competencia tóxica, plagada de celos, egos desmedidos y zancadillas.
Sin embargo, la interacción documentada entre Ostentum y Stylo ilustra una realidad diametralmente opuesta.

El nivel de transparencia y respeto mutuo alcanzaba momentos asombrosos. El protocolo que siguió Calderón para incorporar a Néstor Tort es la mejor prueba de ello, cuando identifica que Tort era la pieza que necesitaba para su engranaje rítmico.

No acudió a sus espaldas para persuadirlo con promesas.

Actuó con una formalidad casi diplomática, solicitó una reunión formal con los hermanos Walter y Claudio Echelini, los fundadores y motores de Stylo para exponerles sus intenciones y pedirles permiso abiertamente.

Impecable.

Su prioridad era no fracturar el tejido de amistades preexistente.



Esta política de transparencia absoluta dio sus frutos, propiciando que ambas formaciones terminaran operando no como rivales, sino como un único núcleo artístico retroalimentado.

La retribución entre ambos grupos no se limitó al préstamo de un baterista. Hubo una verdadera transferencia de conocimiento.

Tort asimiló de un modo tan profundo el método de análisis crítico y la disciplina autoimpuesta que había sufrido en Ostentum, que tomó la iniciativa de importar ese mismo rigor a las filas de Stylo.

Los testimonios confirman que Tort aplicó esa renovada mentalidad analítica para modificar el enfoque de sus antiguos compañeros, logrando elevar sustancialmente el techo técnico y expresivo de la otra.

 La culminación de esta fraternidad musical se materializó físicamente durante la recta final de sus ensayos.

Por motivos puramente prácticos decidieron unificar su base de operaciones en el domicilio de Calderón ubicado en Cipolletti. El objetivo era ahorrarle a Néstor Tort el auténtico calvario logístico que suponía montar, afinar y desmontar su voluminosa batería para los ensayos de cada grupo por separado.

Lógico.

La solución fue salomónica, Ostentum y Stylo comenzaron a ensayar conjuntamente bajo el mismo techo. Se establecieron turnos.

Mientras una formación ejecutaba su repertorio, los integrantes de la otra se sentaban a escuchar, compartiendo rondas de mate y prestando atención a los registros del omnipresente grabador Crown.

Todo ello envuelto en una atmósfera de camaradería desprovista de recelos. Semejante nivel de preparación meticulosa, sumado a la evolución técnica individual y al inusual respaldo emocional entre ambas formaciones tenía que converger necesariamente en un acontecimiento significativo.

Ese hito se materializó en el escenario del boliche Zakoga en Cipolletti, Río Negro.

Conviene subrayar que no se trataba de un local menor de la zona. No, en absoluto.

El Zakoga era un recinto impregnado de prestigio, unas tablas por las que ya habían transitado figuras consagradas del rock nacional argentino del calibre de Charly García o Spinetta Jade. Y en esa misma tarima estaba programado lo que a la postre se convertiría en el recital de cierro de esta etapa concreta de Ostentum.

Para Néstor Tort, aquella noche supuso enfrentarse a un desafío físico y mental de proporciones titánicas.

Como consecuencia directa de esa hermandad simbiótica entre ambos grupos, el compromiso de Tort le obligaba a subirse al escenario y sostener el ritmo en la batería para ambas bandas, empalmando un repertorio con el otro en el transcurso de la misma velada.

Menuda paliza.

Lo previsible hubiera sido presenciar a un músico colapsando por el agotamiento, pero los relatos de la época describen una noche de consagración absoluta.

Los testimonios apuntan a que esa noche se hizo patente la madurez definitiva del proyecto. El muro de sonido que consiguieron edificar en el interior del Zakoga quedó grabado en la memoria acústica de los presentes como un acontecimiento extraordinario. Las fuentes recogen unas impresiones muy vívidas sobre el resultado final.

Describen la interpretación como algo sólido, compacto, contundente y lleno de energía. Quedaba claro que habían descifrado ese escurridizo código interno que permite a los músicos saber hacia dónde va a virar la melodía sin necesidad de mirarse a los ojos. Y para Tort en particular, la experiencia adquirió tintes de epifanía.

Los registros indican que sintió que, por primera vez en su carrera, ya no estaba limitándose a ejecutar notas precisas o a sostener un compás matemático. Sentía de manera tangible que todo ese andamiaje técnico le estaba dando maduración profesional. Esto plantea una pregunta importante si nos paramos a observar el arco completo de esta transformación.


Hemos acompañado un baterista que comenzó tocando por pura fuerza instintiva, que atravesó un valle de sombras lleno de miedo, grabadoras Crown y correcciones microscópicas hasta desembocar en esta catarsis emocional sobre el escenario del Zakoga.

Entonces, ¿qué significa todo esto en realidad?.

Significa la refutación rotunda de un prejuicio muy arraigado en el mundo del arte.

Existe la creencia generalizada de que la imposición de un rigor técnico severo, la disciplina férrea y el exceso de análisis terminan por asfixiar la frescura y apagar la llama emocional de la obra. Se asume que la técnica robotiza al artista.

Sin embargo, el caso de estudio de Ostentum evidencia exactamente lo contrario.

El rigor técnico no ejerce de verdugo del sentimiento, más bien actúa como el vehículo óptimo que proporciona el vocabulario preciso para que esa emoción pueda articularse con claridad y golpear con toda su magnitud. Dicho de otro modo, la técnica es la herramienta que libera la emoción de la torpeza.

Llegados a este punto, si recapitulamos el recorrido de hoy.

Resulta evidente que la trayectoria de Ostentum en el Alto Valle Patagónico a principios de los ochenta nos ofrece una perspectiva fascinante.

Hemos visto como la exigencia metodológica instaurada por Carlos Calderón y la dolorosa, aunque fructífera, de construcción del batería Néstor Tort, nos enseñan que someter la obra al bisturí del análisis y a la grabación metódica no atenta contra el arte; al contrario, son los cimientos ineludibles para trascender y edificar un genuino rock elaborado.

Y por supuesto, todo este entramado técnico sólo pudo florecer gracias a un ecosistema humano fundamentado en el respeto y en una camaradería exenta de egos destructivos. 

Totalmente de acuerdo.

Ahora, antes de dar por finalizada nuestra labor de hoy, nos gustaría dejar suspendido en el aire un pensamiento provocador, una idea para que quienes nos sigan y puedan masticarla con calma.

Hemos dedicado unos minutos a comentar la obstinación de Calderón por obtener una copia de su actuación televisiva en aquel tosco formato Betamax de uso industrial.

Resulta asombroso constatar que en pleno mil novecientos ochenta y dos un músico de una banda local tuvo la inmensa lucidez de pelear por una cinta profesional imposible de reproducir en su propio domicilio, movido por el único instinto de preservar un registro para el futuro y evitar que su historia se borrara.

Y al contrastar esa actitud con nuestro presente, asoma una pregunta ineludible. ¿Qué estamos haciendo realmente hoy en día con el volumen abrumador de creaciones digitales que genera?.

La paradoja es verdaderamente inquietante. 


Vivimos instalados en la era de la nube, confiando ciegamente en servidores con una capacidad de almacenamiento aparentemente infinita. Generamos fotografías, vídeos y textos de forma compulsiva desde nuestros dispositivos de bolsillo.

Pero ante esta hiperproducción efímera, cabe preguntarse si estamos construyendo un archivo sólido y duradero de nuestra propia historia.

Existe un riesgo real de que toda nuestra vibrante cultura digital termine siendo mucho más frágil y desaparezca con mayor celeridad que aquellas pesadas y analógicas cintas magnéticas que atesoraba la banda en los años ochenta. La abundancia de datos no garantiza su supervivencia.

Una reflexión que sin duda invita a replantearse nuestra relación con la memoria tecnológica.

Ojalá seamos capaces de adoptar una fracción de la visión de futuro que demostró tener aquel grupo en la Patagonia. Y con esta idea resonando, cerramos el telón de este análisis a fondo.

Ha sido un placer desentrañar los matices de esta historia.

Animamos a quienes nos acompañan del otro lado, a seguir profundizando en sus propios intereses con esta misma mirada analítica y por encima de todo a incorporar ese rigor constructivo, esa sed de mejora y esa sana camaradería en sus propios proyectos vitales.

Hasta la próxima exploración.





Abrazo roquero del Alto Valle y del Este mendocino.



GAVIOTA FEROZ



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